Dios: belleza y bondad

Tengo varios recuerdos de estar sentado en las bancas de Templos hermosísimos. Recuerdo estar horas mirando hacia los frescos pintados en el techo de muchos lugares sublimes, de mucha Historia de la vida cristiana. De hecho, recuerdo que cuando era niño y estaba en el colegio, durante la Eucaristía de alguna fecha especial, me la pasaba mucho tiempo contemplando los ángeles y las representaciones celestiales que había en el Templo del colegio, donde, por cierto, el rector y los coordinadores eran frailes vestidos de largos hábitos negros. Me parecían fascinantes, al verlos me producía una sensación como celestial, incluso a pesar de que éstos hermanos eran bravísimos. Retomando lo anterior, duraba tanto tiempo así, con la cabeza hacia arriba, mirando los techos, que las profesoras me tenían que regañar por eso. Me pasó más de una vez. Antes regañaban por todo, ahora es el otro extremo, dejan a que los niños hagan lo que les parezca. En fin, en este hecho y en muchos otros, veo que el cielo me ha atraído a través de diversas cosas estéticas; Dios nos atrae también a través de su belleza.


Pienso ahora que, con tanta razón, fue impactado mi corazón al leer tanto primor místico del Carmelo: la delicadeza de los poemas de san Juan de la cruz; “en mi pecho florido, que entero para Él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba”; el embebecimiento de amor que manifiesta santa Teresa en frases como “muero porque no muero” o “dichoso el corazón enamorado, que ha puesto en solo Dios su pensamiento” y por supuesto toda la magia y la locura divina que inundaba el corazón visionario de santa Teresita; la gota de rocío que se metía en la corola divina que es Jesús.


Una vez sentado en estas bancas, delante de tanta hermosura, me he preguntado y de vez en cuando me vuelven éstas mismas preguntas: si esto finito y temporal, que trata de representar el misterio, lo veo tan hermoso ¿cómo será entonces la belleza misma de Dios?, ¿Cómo será verlo a Él tal cual es?, ¿cómo será verlo ahora ya sin velos, cara a cara? Dice el Antiguo Testamento que cuando Moisés pasó tanto tiempo contemplando a Dios por haber recibido las tablas de la ley, él estaba radiante y su rostro resplandecía, pues había visto al mismo Dios. Brillaba tanto que nadie podía verlo a la cara. Quien se sumerge en Dios queda prendado y permeado de su belleza.



Esta idea me recuerda una historia de las hijas de la madre Teresa de Calcuta. Cuando ellas estaban en casas de misión y solo una podía ir a la Eucaristía, a muchos kilómetros de donde ellas se encontraban, cuando esta regresaba, al haber comulgado, la comunidad se arrodillaba a su alrededor para adorar el misterio que inundaba a la privilegiada hermana. Un gesto sin duda sublime.


Precisamente Dios está en todos los actos bellos de las personas, pues Él está detrás de todos ellos, siendo quien es, es decir, siendo Dios, detrás de todos los gestos de bondadosos de las personas. Así, podemos disfrutar, contemplando a las personas, de una cualidad increíble de Dios: Dios es belleza y bondad al mismo tiempo, no se puede desligar su belleza de su bondad. Son expresiones de un mismo movimiento, como la diástole y sístole del corazón, en Dios se llamaría belleza y bondad.

Así pues, aunque solo reflejos, de Dios podemos contemplar, aún en esta tierra, la múltiple belleza que Dios reúne en sí mismo. Con razón Teresa exclama: “Oh hermosura que excedéis, a todas las hermosuras”, y Juan de la Cruz exclama con la creación “y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura”.


Si la belleza y la bondad de Dios son como un movimiento, como un río que va en movimiento y que se vale de las personas que se abren a su acción para acontecer, seamos canales por donde pasen tantos torrentes de gracia para que así el mundo despierte a la fe al ver a éste maravilloso Dios que sobrepasa a todo lo creado. Dijo una vez Jesús a santa Catalina de Siena: “hazte capacidad, que yo me haré torrente”. Seamos pues capacidad, disposición, canal, apertura… en resumidas cuentas, busquemos hacer la voluntad de Dios en todo, para que en todo lo que hagamos no nos vean a nosotros sino al Dios de la belleza y de la bondad que habita en nosotros y así el mundo crea.

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Girardota - Antioquia

Vereda Juan Cojo, Sector San Francisco

Fraternidad Sagrado Corazón

Fotografías por: Oscar Páez

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